El Centro Dramático Nacional estrena esta propuesta escénica de The Cross Border Project, con texto y dirección de Lucía Miranda. Una función que la dramaturga y directora describe como “su obra más personal”, que combina teatro documental y ficción, para abordar, con humor y honestidad, la huella del colonialismo entre España y Filipinas. 

-¿Podrías contarle al público qué verá sobre el escenario?
Verá una obra que tiene un 75% de documental y un 25% de ficción. La ficción es muy disparatada, muy divertida, y la parte documental es muy sincera. Es el elenco compartiendo sus historias. Es una obra que habla de la herencia colonial recibida que, a priori, parece algo del pasado, pero que, en realidad, es de una contemporaneidad abrumadora. “Las últimas” es una pieza que no busca dar respuestas, sino invitar al espectador a cuestionarse ¿qué hacer con aquello que hemos heredado?. Un viaje escénico que invita al público a seguir explorando sobre esta relación.

-¿Cómo fue el proceso de seleccionar qué voces y qué relatos entraban en la pieza y cuáles se quedaban fuera?
Ha sido lo más complicado, porque he realizado 40 entrevistas entre España y Filipinas, lo que son unas 80 horas de audio, incluyendo al elenco y a sus madres, pero también a historiadores, antropólogos, lingüistas, o los taxistas que me llevaban y me traían en Manila. Son perfiles muy diversos. Siempre elijo en función de cómo encaja el puzzle: a veces encuentro una historia muy interesante pero que no hace match, que no tiene relación con el resto, y debo dejarla caer. También elijo en función de lo más jugoso dramáticamente, y al tiempo, abandono algunas historias que me parece que pueden poner en riesgo a aquellos que las compartieron. No es lo mismo hablarle a una desconocida, que después escuchar tu voz en un teatro. Trabajo encontrando el equilibrio entre lo dramatúrgicamente interesante y lo éticamente responsable. También buscaba historias que tuvieran que ver con la herencia en líneas muy concretas: el lenguaje, la religión, el relato, el cuerpo, el poder adquisitivo o la clase social.

-La obra mezcla episodios históricos, figuras reconocibles y situaciones aparentemente dispares (desde Magallanes hasta Imelda Marcos). ¿Qué te hace relacionar a estos personajes?
Leí el libro “Programa de desorden absoluto. Descolonizar los museos de Françoise Vergès (Akal, 2024)” y me voló la cabeza. Me parece muy interesante su perspectiva de los museos como escenarios de crímenes. Así que, desde esa lectura, elegí una serie de obras: esculturas, pinturas, fotografías, que se encuentran en el Prado, el Antropológico, el Nacional de
Filipinas, el Museo Oriental de Valladolid o en la calle (como la estatua de Los últimos de Filipinas), para que sirvan de motor en la obra… 
¡Son muchos años!.
También pensé: ¿qué obras son las más representativas de la relación entre los dos países? Si los artistas de la época reflejaron estos momentos, serán las piezas documentales de mis momentos históricos. Y después entrevisté a  curadores (3 españoles y 3 filipinos) para que me hablaran de ello.
Cada figura reconocible está ligada a un tema y a una obra de arte: Almeida y Carmena nos hablan de colonialismo. Magallanes y Pigafetta son el relato de la conquista. Sor Jerónima de la Asunción es la religión, Carmen Polo e Imelda Marcos son el poder administrativo y económico… y la exposición sobre Filipinas realizada en el Retiro en 1887 sirve para hablar de la exotización y el racismo.

-Hablas de la relación entre el cáncer, la madre y la idea de “madre patria”. ¿De qué manera dialogan en la obra lo político, lo generacional y lo emocional?
Hay dos generaciones representadas en la obra: la del elenco que es de 30-40 años, y la de las madres que va desde 60 a 80 años. Los actores comparten su historia y hacemos verbatim de sus madres. Casi todo en la vida es político: que alguien elija hablar el idioma de tus padres o no hacerlo, asumir o no la religión de tus progenitores, maquillarte para parecer blanca en lugar de racializada… De tu madre heredas unas cosas, de tu país también. El conflicto reside en decidir qué haces con lo que heredas.

-“Las últimas” invita a pensar qué hacemos con la herencia histórica y emocional que recibimos. ¿Qué esperáis que el público se lleve a casa al salir del teatro?
Ganas de aprender más, ganas de preguntarse ¿qué hago con el privilegio que yo tengo? ¿cómo lo uso?. Y que se lo hayan pasado muy bien con una obra que a priori habla de “colonialismo”, una palabra que asusta tanto como el cáncer y que cada vez que la nombras en las instituciones te miran con cara de: ¿qué vas a contar en esta obra?.

-¿Qué destacarías del trabajo con el elenco en el proceso de creación?
El elenco, excepto la actriz que interpreta el papel de “la Matria”, es de origen filipino, y Julia Enríquez ha viajado desde Manila, exclusivamente para realizar este proyecto, ya que ella es actriz de la compañía filipina Peta Theatre. A raíz del cáncer de mi madre les planteé entrevistar a sus madres y todos aceptaron, lo que deriva en que muchas de ellas aparecen en la función como personajes o se las nombra. Por ejemplo, en una escena, Laurence Aliganga hace del abuelo de Juan Paños pero luego es Juan, quien representa al padre de Laurence. Hicimos una lectura a la que vinieron algunos de esos familiares y algunas de las personas entrevistadas. Fue precioso. Si normalmente en una obra los actores están al servicio de una historia, en ésta, se redobla. Han sido profundamente generosos conmigo y con la historia que contamos.

-El proyecto nace atravesado por una experiencia vital muy fuerte: la enfermedad de tu madre. ¿Cómo transformó el enfoque inicial de «Las últimas»?

Me entero de que mi madre tiene cáncer en grado 4 (que es el más grave) 3 días antes de coger el vuelo a Manila donde estuve 10 días haciendo entrevistas, con una agenda maratoniana. Cuando subo a ese avión, estoy hecha un lío. Me planteo parar el proyecto en función del diagnóstico que nos den en las siguientes semanas…

Cuando aterrizo en Manila, y viene a buscarme J-mee Katanyag, que es la directora artística y amiga de Peta Theatre, le digo que a mí en ese momento el colonialismo y sus consecuencias me dan igual, y que a mí ahora lo que me importa es mi madre.

Al día siguiente, me trae el libro «Noli me tangere» de José Rizal, la figura más importante de la independencia Filipina, donde habla en el prólogo de que su madre está enferma de un cáncer terrible que es el colonialismo. Su madre era Filipinas como madre patria, y el cáncer el colonialismo español. Y ahí empiezo a pensar en el proyecto desde el punto de vista de la herencia: lo que heredamos de nuestras madres y de nuestros países, lo que decidimos hacer con ello, lo que podemos hacer con ello (cambiarlo, olvidarlo, negarlo)… y empiezo a trazar un hilo entre lo personal y lo político, donde imagino a un personaje que es la Matria que tiene cáncer. Y también decido el tono: si ésta fuera la última vez que viera a mi madre: ¿qué le gustaría a ella ver y qué me gustaría a mí que viera?… Ella me dijo que le gustaría reírse mucho y es lo que he intentado. 

-Propone un recorrido por 461 años de historia compartida entre España y Filipinas. ¿Cómo surgió la necesidad de abordar esta relación?
Desde mi compañía, The Cross Border, tenemos relación con la compañía filipina Peta Theatre. Son un referente en Asia en el trabajo con comunidades y tenemos la suerte de llamarles amigos. Hace 10 años realizamos un intercambio con ellos y a la vuelta de nuestro viaje vinimos impresionados de lo poco que sabíamos de Filipinas y lo mucho qué sabían ellos de España. Un día hablando, nos dimos cuenta de que Belén de Santiago y Juan Paños tenían abuelos filipinos, y pensé que eran muchas casualidades juntas. Pensamos que era necesario hablar de esa relación, del privilegio y del poder histórico establecido que llega hasta el presente.

-A lo largo de tu trayectoria con la compañía Cross Border Project, tus proyectos han explorado el diálogo entre teatro, educación y transformación social. ¿Dirías que existe una base común o una “pregunta motor” recurrente en todos tus espectáculos y a ti misma a lo largo de los años?

Creo que cómo se forja la identidad de cada uno o de una comunidad es algo que se repite desde el principio: desde Perdidos en Nunca Jamás, que es uno de nuestros primeros trabajos hasta Casa. A unos les roban el futuro como en Perdidos o Fiesta, Fiesta, Fiesta, a otros la vivienda, a otras la libertad (Nora, 1959, o La chica que soñaba). También nos preocupan las relaciones de poder, ¿cómo se establece el privilegio?, ¿qué hace que en una sociedad unos decidan sobre otros?, y, sobre todo, ¿qué podemos hacer para cambiarlo?.  (Fotografías de ensayos de Bárbara Sánchez-Palomero). Desde el 13 de Mayo. Teatro Valle Inclán.