Por Irene Díaz.

Juanjo Artero se mete en la piel del mítico profesor John Keating para protagonizar  una nueva puesta en escena del clásico texto de Tom Schulman, que interpretó el oscarizado Robin Williams en la gran pantalla, y que ha marcado a muchas generaciones.

Pentación Espectáculos y A&A producen esta gran apuesta, bajo la dirección de Juan Luis Iborra.

Rodeado de los seis jóvenes actores que encarnan al alumnado del rígido colegio inglés (Jacobo Camarena, Gabriel Flores, Lennon Jon Sharp, Álvaro de Paz, Sergio Aguado y Marcos Saneiro), el actor nos confiesa que «basta mirarles para sentir como se te encoge el corazón de nuevo al grito de “¡Oh capitán, mi capitán!”.

-¿Cómo te has enfrentado a la presión de saber que muchos de los espectadores tendrán en la cabeza la interpretación que hizo Robin Williams en la gran pantalla?

No he sentido presión porque no he intentado competir con mi querido Robin Williams. Era inimitable, un actor maravilloso y único. Si lo hiciera tendría todas las de perder. No trabajo desde la imitación. Al profesor Keating nada más hay que dejarle sonar lo que dice, trabajar sobre el texto y las palabras, que son maravillosas.

Es un ser maravilloso, de los que creen que todavía se puede cambiar el mundo. Un idealista. Tiene una sensibilidad especial y eso intuyo que en su infancia le haría ser el raro y tener conflictos con sus padres.

Se trata de un profesor que quiere crear librepensadores, personas que se cuestionen las cosas, que no acepten las ideas porque sí y que persigan sus sueños.

-¿Que se debe rescatar de sus enseñanzas para este siglo XXI?

Todo. Es un texto que nunca caducará. Anima a explorar nuevos caminos y no conformarse con lo establecido, y a buscar la propia identidad. La identidad se está disolviendo todavía más en nuestra época con las redes sociales, están creando muchos conflictos entre la gente por ser diferentes o distintos. Asusta pensar en un mundo adormecido de borregos en el que los librepensadores no existan. Vivimos un momento muy peligroso de manipulación. Es bueno estar abierto a conocerlo todo, escuchar a unos y a otros y formar tu criterio propio, eso es lo que promulga Keating y eso nunca caduca. El arte y los libros enseñan eso. 

Es una cuidadosa obra de teatro musical con la que, según Juan Luis Iborra, se busca “sacar la humanidad de los personajes, la verdad en sus interpretaciones e, incluso, la comedia en algunas situaciones para conseguir que el espectador se sienta uno más en el aula y así recuperar para nuestros días ese famoso «Carpe Diem», que invita a disfrutar del momento presente y aprender a sacarle chispa a la vida.»

-¿Qué destacarías tú personalmente de esta puesta en escena?

Ha preparado una movilidad maravillosa para que se vea el aula, la cueva y ese colegio de valores tan estrictos de la época (la rígida Academia Welton). El proceso ha sido maravilloso. Somos cómplices todos, yo me alimento de la mirada de los chicos y sale todo solo. Es jugar, jugar y jugar. Son jóvenes pero tienen mucha experiencia, han entendido perfectamente que tienen algo entre manos muy importante.

Una obra imprescindible para los institutos, que en su día cambió la vida de mucha gente y que también puede hacerlo a día de hoy.

-¿Tienes una escena favorita?

Hay un momento en el que les habla de la poesía de la vida que es de una belleza tremenda, decir ese texto y ver las miradas de mis compañeros es un momento mágico. Pero en esta función de esos hay muchos. Lo disfruto como un niño porque, además es un profesor muy juguetón, que sabe muy bien cómo captar la atención de sus alumnos. 

-La poesía de Walt Whitman sigue vigente, a día de hoy es todavía un reclamo para los jóvenes…

Sí, su poesía es un canto que conecta muy bien con los jóvenes, apela a vivir intensamente y a creer en el poder de la palabra. Reivindica el derecho a expresarse y a no renunciar a hacerlo.

-Tú que empezaste tan joven en el mundo de la interpretación, ¿Cómo vives ahora estar rodeado de un reparto tan joven?

Es maravilloso. Tienen todos un gran talento y mucho que aportar, me contagian su energía y aprendo de ellos.

-¿Tienes más de idealista o de revolucionario?

Algo de ambos, va por etapas. He sido siempre muy revolucionario y muy pasional, jamás me he podido callar cuando he visto algo injusto y no me ha ido mal así.

Mi vocación es una de las cosas que más he defendido, desde los comienzos, en mi cabeza estaba el ser actor o nada.

-¿Has tenido algún Keating en tu vida, alguien al que decir “¡Oh Capitán, mi Capitán!”?

Muchos. Antonio Mercero fue el primero. De niño también tuve la suerte de tener un profesor en el pueblo que me demostró que no era tonto y me enseñó a ver las cosas de manera distinta. Luego Miguel Narros, Cristina Rota y muchos otros que me han enseñado desde la complicidad.

Podría no parar, he tenido la suerte de trabajar con grandes maestros.

-¿Tienes algún personaje pendiente al que te gustaría encarnar?

Ahora sólo pienso en éste. No soy de pedir, me gusta saborear, disfrutarlo hasta el final e ir partido a partido.

-El texto de Tom Schulman conmueve, remueve y hace llorar, ¿Cómo esperas que salga el espectador?

Habrá muchas risas al principio, sonrisas después porque es maravilloso meterse en la piel de esos chavales y sentir todo lo que sientes y lo que les provoca Keating. Después van a llorar, en una pausa de tres segundos que acabará en un aplauso tremendo. Esa pausa maravillosa de la tragedia y la emoción final, un final majestuoso, es una función que queda arriba. Espero que salgan con la chispa encendida de querer aprovechar la vida al máximo.

Manu Rodríguez y Tomy Álvarez completan el reparto, encarnando el peso de la tradición, la disciplina y el rigor bajo la piel del director del colegio y del padre de uno de los alumnos, que se oponen al librepensamiento del que habla esta gran tragicomedia.

«Una historia de luces y sombras llena de vida, poesía y aprendizaje que invita a perseguir el pensamiento propio”, según palabras del director.

El diseño de escenografía es de David Pizarro, el de vestuario es de Gabriela Salaverri, al frente de la música está Gerardo Gardelín y el diseño de iluminación es de Juanjo Llorens.

Teatro La Latina.